viernes, 20 de junio de 2014

Nonata

por Nuria Valero y Jesús Alcalde

No he nacido y han venido
en los oídos a hacerme agujeros,
a colgarme joyitas y puños negros
y a darme nombre en una cadena
que se pierda cuando todo se pierda.

No he nacido y han obligado a mis cigüeñas
a anidar en iglesias sin campana que tocan a duelo;
me ha amamantado de silencio esta voraz eucaristía
que ha hecho de mi cuerpo vuestro cuerpo.

Así yazco, penumbra que se debate en la mitad de la luz,
soy esa blanca conciencia acallada y cóncava
a la que prueba esta miríada de oscuras voces,
y en la noche es a veces mi voz mil ecos oscuros
y en la noche es siempre mi voz un solo silencio que arde.

No he nacido y me doy a la tragedia con los ojos plenos,
rechazo ese buen sueño que de mí esconde la herida tras el párpado,
despierto en el ataúd de sábanas limpias y maldigo a los dormidos,
cobardes insomnes huidos al arrullo de enardecedoras fábulas.

Aquí me hallo, consciente, de mí cortándome a la vez
la tragedia umbilical desde el abrigo interno
que rompa mi culpa humana y toda lágrima
vacua que gima en un nido de escapularios.

Este antiguo yo de mí que nació antes
dejando la herida hecha y el golpe desencontrado
habrá de ser la víspera sempiterna de mi repulsa
o el dolor eterno de una guerra muerta sin bandera.

Y si al cabo del tiempo hemos nacido,
si la vejez alumbra piadosamente
un porqué cándido a la gravedad de los rostros
abocados a la tierra todos y los arcones lóbregos
y las camas húmedas que son lluvia sobre el lago,

preguntad la pregunta, lambiscad lo cierto,
qué fue de la voz del hombre nacida una en la turba,
si alguna vez fue de niño este infinito llanto
que perdió su condición en los límites de su cuna.



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