jueves, 24 de octubre de 2013

En lo alto de siempre

Estoy en lo alto de la vida
siendo todos los inviernos.
Siento ganas de caerme en los abetos
de hace casi una historia.

Apenas han venido seis trajeados
mirando el camino que ha estado siempre
como de no haber nunca nacido
o llevado puños negros en el vientre.

Gritan:
¡¿Qué es aquello más allá de las orillas?!
Subidos unos en otros a los muros:
¡Que robe el aire el testigo a su difunto!
¡O que ahogue la huella a los futuros!

No han llovido aún tantos guijarros
cuando estoy casi en lo alto de la vida
soportando la sequía de los pecados
que hace llanos en los ríos que se agotan.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Torrente selvático

Cuando el pueblo de las verbenas
era una tragedia de vestidos clavados
que enrojecían de la costumbre
y volvían los alientos a sus dueños.

Cuando el tiempo desnudó mi gana
y se vieron en su piel besos dormidos
como si desvanecidos insectos lunares
de un cuerpo níveo y famélico.

Cuando tu silencio fue de mi boca
un mueble viejo y corvado
vacío de tiempo y pretensiones
que tuvo ser ascuas alguna vez.

Cuando mis ojos salieron a ser árboles
a cada hoja que volaba sin otoño,
y a mí ya me había engullido
un desértico torrente selvático.

domingo, 6 de octubre de 2013

Seré siempre

Me sangra la existencia de servirla... Rechaza la vida las flores a la altura del pecho, repele el metal, sin verbo las palabras. ¿Para qué tanta magia? Lo he visto tantas veces...
Olvidaré la memoria y seré siempre. Nueva una, nueva todas. Nueva sin saberme a cuchara vacía, acero que no lamerme y que borbote pintura eterna huella mía. Cometerme sin anhelo ni tragedia estéril. Tragedia. Malcriada narcisista sempiterna que, en su miedo a envejecer, muere cuando deja de mirarse. Libre que me duela el aire, huésped de mis arterias. ¿Para qué jurarme? No esperar nada, no esperar nada... Así me comeré la sorpresa como un tren quieto que no me espere. Veré las vistas de las ventanillas de los otros y entenderé y diré gracias.


Ocuparme las ideas de cuentos chinos, chamuscarme el cerebro con un cirio. Busco. Un cirio de esos de medio euro de una caja de los rezos a los muertos. Y sanarme así los miedos de los padres nuestros y los nuestros, que son sombras que nos comen los pies. Latirán mis manos y serán mis obras pálpito sin aire. Enterraré entonces mi cadáver. Olvidaré la memoria y seré siempre.